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Venezuela: Marcho, luego existo

milicianos

Cientos de miles salieron de nuevo a las calles de Caracas. Unos para exigir la salida de Nicolás Maduro del poder, otros para apoyar su presidencia. Aquí tres testimonios de quienes exponen la piel sobre el pavimento para que el futuro de Venezuela sea como el que sueñan.

Escribe: Humberto Márquez, desde Caracas – https://larepublica.pe

¿Quiénes son? Alejados de los reflectores que se ocupan de las apariciones de Juan Guaidó y Nicolás Maduro, los venezolanos de a pie también están escribiendo la historia reciente de su país. Estos son los testimonios de un miliciano chavista-madurista, unos exlibreros que se oponen al llamado “Socialismo del Siglo XXI”, y una mujer dedicada al negocio de la salud que decidió marchar para ver crecer a sus nietos sobre suelo llanero.

La vida, si es necesario. Carlos Valerio, técnico en producción de medios, trabaja en una agencia estatal y es miliciano. De la Milicia Bolivariana, cuerpo militar-civil creado por el fallecido expresidente Hugo Chávez para ayudar a la Fuerza Armada. Vive en Santa Mónica, una zona de clase media baja en Caracas, dirige allí un Comité Local de Abastecimiento que distribuye bolsas de comida subsidiada a sectores populares.

“Soy militante del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) desde que se fundó en 2007. Vamos a las marchas como milicianos. Nos convocan, nos ponemos el uniforme y nos concentramos. No vamos a confrontar con la gente, más bien tratamos de ayudar siempre a los vecinos, a las comunidades, nos entrenamos para eso. También para la defensa de la patria ante una invasión extranjera, claro”.

Tiene 39 años, una novia, aún soltero, vive con su madre. Una hermana migró a Portugal. Su padre, ya fallecido y del mismo nombre, militó en un grupo comunista. Carlos estudia inglés “porque los idiomas son herramientas necesarias incluso para comunicarse con un enemigo”. Es cordial, sonríe constantemente, habla con corrección. Se mantiene en buena forma física. Es sargento en la estructura miliciana.

“Sí, hay problemas en Venezuela”, pero “mi comandante en jefe Nicolás Maduro ha mantenido la línea de protección al pueblo que diseñó el comandante Hugo Chávez. Veo que tiene disciplina, recibió la confianza del comandante Chávez. Hay cosas que dice cuando habla en un tono que no me gusta, pero creo que es un hombre honesto”.

En su casa se come y consume “como en una más, ningún privilegio, nada que no tengan los vecinos. Hay que entender que no estamos en socialismo, sino en una transición a un socialismo. Y hay errores, en mantenimiento, en programas de abasto que se abren y no se sostienen. Pero aun así es mucha la gente que está con el proceso y con Maduro”.

El sector donde vive Carlos ha sido mayoritariamente opositor, durante años. “Pero a mí me respetan. No niego quién soy. Soy un miliciano. Y por nuestros vecinos, nuestro pueblo, nuestro prójimo, estamos preparados para dar la vida, si es necesario”.

Marchamos o perdemos todo. “De pronto, el dinero no nos alcanzaba, no podíamos comprar casi nada”, relata César Morillo (26), pareja de Gusmary López (34), madre de una hija de 12. Trabajan en lo que fue una librería en Caracas (son de los comercios que más han cerrado en medio de la crisis económica), ahora reconvertida en oficina de trámites y copiado de documentos. “Todo está muy caro, con la hiperinflación (1,7 millones por ciento según el Parlamento) cada vez vivimos peor, mi abuela sufre mucho por la falta de medicinas, también otros parientes sobreviviendo al cáncer, hipertensos, con convulsiones. Nosotros siempre marchamos, desde antes de que Maduro llegara al poder (en 2013) y contra él más, porque se agudizó todo”.

Marchar es venir a Caracas desde el sector Pacheco, en uno de los suburbios de la capital, donde César y Gusmary viven en el anexo de una pequeña casita. Han estado en las manifestaciones opositoras de 2014, las muy confrontadas de 2017, y el 23 de enero y 2 de febrero de este año volvieron a la carga en medio de la multitud. “Marchamos o perdemos todo”, dice Gusmary. “Los que están arriba en el poder viven bien, pueden importar lo que quieren, nosotros no. Hasta los guardias y policías, y los cubanos que vienen aquí a tramitar o copiar algún documento nos lo dicen. Sí, cubanos que son médicos, o paramédicos, o entrenadores deportivos, dicen que en su isla no han visto una pelazón (escasez) como esta en Venezuela. Uno camina por la calle, va a comprar unas verduras o se acerca a un kiosko o un hospital y gente que se ve que no han sido indigentes se acercan a pedir algo, cualquier ayuda. Se siente la tristeza, la soledad”.

Para César “luchamos contra la dictadura en que vivimos. No es una dictadura como las antiguas, sino que aquí vas a votar, eliges unos diputados, y de un plumazo los anulan, se violan derechos, se ponen más y más controles, manifestamos y ahí está la represión”.

Sin embargo, “nosotros no marchamos por (en apoyo de) los políticos. Yo marcho porque quiero que cambie mi país. Si no, tendré que pensar en irme afuera. Ya mi hija está una temporada en el exterior, con una tía”, dice Gusmary. Y agrega que “si este país cambia, salen estos gobiernos que han hecho tanto daño, la economía se va a recuperar rápido. Somos un país con riquezas. El problema es cultural y moral, los muchachos que son niños y van a la escuela con armas, las niñas que no quieren estudiar sino buscar a algún tipo que haga plata fácil… habrá que trabajar mucho. Mientras tanto, seguiremos marchando”.

Luz en el túnel. “Yo nunca marché, incluso el 11 de abril (breve golpe de estado contra Chávez en 2002) lo seguí nada más por televisión. Siempre estuve ocupada en el ambulatorio (hospitalito). Eduardo, mi hijo mayor (31) sí, porque le gusta la política. Pero ahora es diferente y fui a las marchas (opositoras) del 23 de enero y del 2 de febrero. No quiero que mis hijos se vayan del país y yo no pueda ver a mis nietos. Y el menor, José (29, casado, tres hijos) ya se marchó a Chile a probar suerte. Quisiera que regrese”, dice Nancy González (66), encargada de administrar un centro municipal de salud en San Antonio, ciudad dormitorio cercana a Caracas.

Nancy vive en un edificio de apartamentos de clase media baja cerca del hospitalillo. En 2007, la Guardia Nacional irrumpió con lacrimógenas y destrozó puertas y vidrios mientras perseguía a jóvenes manifestantes que buscaban refugio. Ahora los vecinos se han organizado para avisar de cualquier movimiento irregular. Barreras, aldabas, candados, silbatos. Nancy muestra el suyo. “Ya la mayoría de quienes quedamos aquí somos personas mayores. Los jóvenes se van del país. En un solo piso (seis departamentos) se fueron nueve muchachos en menos de un año. Por eso es que marchamos”.

Veterana, simpática, archiconocida en la comunidad, Nancy se multiplica. “Me levanto a las 5:30. Hago algo de ejercicio. Espero a ver si llega agua (la escasez de este servicio y otros como luz, gas doméstico, transporte y recolección de basuras forma parte de la cotidianidad en Venezuela), salgo a atender a unas ancianas que cuido, voy al ambulatorio, ayudo a resolver problemas, los vivo en carne propia porque soy hipertensa y cuesta mucho conseguir una medicina, si me queda un tiempo libre hago un trabajito mostrando viviendas para alquiler. Necesito hacerlo, mi mamá murió en diciembre, no nos alcanzaba el dinero para pagar su sepelio y todavía estamos pagando a la clínica donde fue tratada en los últimos meses”.

“Antes me daba miedo ir a las marchas. Ya no. Veo que hay una estrategia, gente de otros países que saben lo que están haciendo. Y aquí a este muchacho (Juan Guaidó, 35, quien juró como presidente el 23 de enero) se le ve tan centrado. Aquí no va a haber ninguna guerra. La otra gente (el gobierno) está acorralada y aunque esto no se resuelve en dos semanas, tendrán que irse. Ahora sí veo luz al final del túnel”.

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