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La primera plana

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Catalina Botero

Es normalmente durante los procesos de transición a la democracia y en general a raíz de la vergüenza colectiva que produce reconocer la barbarie de los regímenes autoritarios, cuando los Estados y los órganos internacionales han acordado crear más y mejores garantías de protección de derechos humanos. Por ello, por ejemplo, la creación de una Relatoría Especial de Libertad de Expresión en el seno de la Organización de Estados Americanos a finales de los noventa, fue una decisión en cierto sentido fácil y ampliamente respaldada. Para los Estados que en ese momento salían de dictaduras militares y de conflictos armados e intentaban construir y consolidar democracias constitucionales no era un secreto que lo primero que hacen los regímenes autoritarios es suprimir la libertad para expresarse en su contra.

No hacía falta entonces recordar los momentos definitorios que todos tenemos —o deberíamos tener— en la memoria, en los que el coraje de algunos periodistas y medios permitió revelar graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos o complejas tramas de corrupción. Historias sorprendentes que se oponían a las verdades oficiales y que en muchos casos ayudaron a generar indignación colectiva y a cambiar, para bien, el curso de las cosas.

Pero la protección de la libertad de expresión, no solo se justifica para proteger la posibilidad de que se cuenten y difundan esas memorables historias. En este sentido, no puede desestimarse la importancia fundamental para la consolidación de una sociedad democrática de los periodistas que escriben a diario historias menos espectaculares pero fundamentales para ensanchar nuestro horizonte cultural. Historias que nos permiten entender y tomar mejores decisiones sobre todos los temas que nos atañen en nuestro espacio personal o como miembros de una comunidad política.

Dicho de otra manera, las garantías especiales que protegen la libertad de expresión se justifican porque defienden la posibilidad de que exista esa prensa abierta e independiente que nos acerca lo que parece ajeno, nos descubre lo que parece oculto y nos aclara lo que parece confuso. Y muchas veces, para bien de la inteligencia humana, nos hace complejo lo que parece simple.

Hoy hay muchas formas de hacer periodismo. La televisión y la radio son extraordinariamente importantes y las redes sociales y el periodismo ciudadano en muchos lugares o momentos es lo único posible cuando la prensa ha sido capturada o silenciada por el poder. Pero hay algo que caracteriza a la prensa escrita, algo que va más allá del placer de desdoblar el diario y zambullirse en él cada mañana, con el deseo de que nadie nos interrumpa.

Los diarios, especialmente los diarios más vigorosos, independientes y profesionales, pueden investigar y contar historias que requieren un arduo esfuerzo. Historias que se someten a rigurosos principios y a ásperos debates internos y cuya publicación final no se encuentra limitada al brevísimo espacio de otros formatos. El rigor y densidad de las historias elaboradas luego de estos procesos, les confiere una importancia radical dentro del caótico e inconmensurable flujo de información que se produce a diario. La importancia actual de este trabajo periodístico que se somete a diario al juicio de credibilidad de sus lectores y que intermedia con rigor entre la sociedad y la fuente, sigue teniendo un impacto difícil de igualar. Para decirlo de manera más clara, en un mundo de enormes cambios en los procesos comunicativos y de una vertiginosa circulación de información, la primera plana sigue siendo “la primera plana”.

En este sentido, la portada impresa, la primera página, no es actualizada cada 15 segundos ni puede consumirse en el breve espacio de un titular de un medio audiovisual. La primera plana aparece en la mesa del comedor, en el quiosco de la esquina, en el autobús, en la casa de los amigos y, naturalmente, en los escritorios oficiales. En un mundo en el que la circulación de información se produce a velocidades nunca antes vistas, la primera plana tercamente sigue ahí. Escrita. Indeleble. Y pocas cosas pueden igualar su impacto sobre los funcionarios corruptos, los políticos que se asocian con el crimen, que abusan de su poder, que traicionan los valores y principios democráticos. Otra característica única de la prensa escrita es que nos obliga a recorrer caminos que otros formatos nos evitan, pero que son fundamentales si queremos realmente actuar como ciudadanas o ciudadanos informados y fomentar valores sociales como la tolerancia y el pluralismo. Cualquiera que quiera llegar, por ejemplo, a la sección Deportes o Moda de un diario, incluso en formato digital, debe toparse, aunque sea de manera rápida y somera, con titulares sobre economía, cultura, guerra y paz, o con opiniones políticas similares o divergentes a las suyas. Eso no pasa en otros medios en los que la información puede ser severamente filtrada, segmentada, dirigida y seleccionada.

Por eso no estoy de acuerdo con quienes creen que la prensa escrita puede ser reemplazada por mensajes de 140 caracteres.

Las redes sociales y el periodismo ciudadano han contribuido de manera única al proceso comunicativo e incluso han propiciado nuevas y muy valiosas formas de participación, de construcción de la esfera pública, de movilización ciudadana. Pero lo anterior no implica que resulten suficientes para que una persona pueda acceder a la información que necesita para actuar como miembro de una comunidad política, para adoptar decisiones que tienen un impacto colectivo o incluso para confrontar sus propias creencias o percepciones. Al menos dos razones pueden soportar esta afirmación.

En primer lugar, la prensa escrita, especialmente allí donde es abierta y diversa, nos obliga a confrontar nuestras propias creencias y a reconocer el valor de la diferencia, la importancia del pluralismo, la virtud de la tolerancia. No sucede lo mismo en parcelas inmunes al pensamiento diverso, crítico, contradictorio.

Pero en segundo lugar, aún estas nuevas y revolucionarias maneras de ejercer la ciudadanía y de ampliar la democracia, requieren del pausado, riguroso y complejo trabajo del periodismo profesional de los diarios.

En suma, en una democracia necesitamos al periodismo profesional, serio e independiente, en formatos que nos permitan conocer las razones de una historia, su contexto, los distintos puntos de vista, las explicaciones contradictorias o las visiones complementarias. Y todo esto, sin controles oficiales que desconfían de la razón humana o que se abrogan el derecho a decidir lo que podemos leer en libertad.

En este sentido, la consolidación de sociedades verdaderamente democráticas pasa por impedir que los funcionarios puedan arrebatarnos el derecho a conocer informaciones o ideas incluso cuando estas puedan parecernos absurdas o injustas; a reaccionar con más, y no con menos debate, a estas ideas o informaciones; a cambiar de opinión si un columnista nos convence de que estábamos equivocados; o a conmovernos con una crónica sobre la belleza que fue capturada en una pieza que da gusto leer despacio y releer.

Por todas estas razones, es necesario reforzar todas las garantías para defender a la prensa libre de los ataques de los funcionarios autoritarios que buscan controlar la esfera pública, de mercados voraces o de organizaciones criminales. En realidad, como lo entendieron bien los miembros de la CIDH en 1998 al crear a la Relatoría, esa prensa independiente, plural y vigorosa es la mejor barrera contra el autoritarismo, el mejor antídoto contra la captura estatal por parte del crimen organizado y la mejor forma de lograr sociedades más tolerantes, justas e incluyentes.

También creo que debemos rendir un homenaje al periodismo honesto y valiente que en muchos lugares enfrenta a diario enormes dificultades para poder seguir informando a la sociedad sobre temas vitales para cualquier comunidad política. Y debemos ser conscientes del valor que hay detrás de cada una de las historias a las que millones de lectores accedemos a diario, como un milagro en letras de molde. Esa especie particular e imprescindible de literatura cotidiana que surge del rigor, la pasión y la honestidad de periodistas que literalmente arriesgan su vida en zonas de combate para explicarnos las guerras que se libran en otras lenguas; que investigan archivos y cifras encriptadas para revelarnos historias de corrupción o abusos de autoridad; o que rescatan la belleza de la creación humana para anunciarnos el nacimiento de un nuevo libro de poesía. Esa literatura única y necesaria, fruto del esfuerzo, la tenacidad y la sensibilidad de quienes escogieron el oficio que García Márquez, el periodista, calificó como “el mejor oficio del mundo”.

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