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La frustración de informar sobre Venezuela siendo extranjero

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Distorsión venezolana en primera plana. Seductora y fascinante. Periodistas extranjeros la han visto desenvolverse con los años, la viven en carne propia y la traducen para el resto del mundo. Pero el costo anímico es alto en la búsqueda de no perder el interés de sus lectores. Mientras más dura la penuria, mejor

El hambre casi le toca el timbre de su casa a Carmen Andrea Rengifo. Ya la conocía. Ella, como corresponsal del canal RCN Televisión, había reportado el fenómeno para su audiencia paisa. A finales de 2013 y principios de 2014 presenció cómo los productos desaparecieron poco a poco de los anaqueles venezolanos. También cómo las colas fueron invadiendo los establecimientos comerciales. Primero en el interior, luego en la capital. “Ya está aquí”, pensó, impactada. Aún más perpleja se queda en la actualidad, cuando ve a personas que buscan alguna de las tres comidas diarias en las bolsas de basura que reposan en su acerca. “Cuando lo veo, que cada vez es más frecuente, pienso de inmediato en mi familia, en cómo estarían si se encontraran en una situación así. Es muy difícil de aguantar. Trato de no meterle emocionalidad al tema, pero es inevitable”, dice Rengifo.

No es de piedra, como ninguno de los corresponsales extranjeros que pasan temporadas en el país para narrar lo que sucede a todos los rincones del globo. La crisis impacta su ánimo, su trabajo, hasta sus historias. La fractura social, económica y política del país ha protagonizado en distintas ocasiones medios internacionales. Reportar lo que sucede en Venezuela atrae a periodistas, y ellos a su audiencia.

Romper el hielo cuando hay individuos hambrientos y harapientos en el cuadro televisivo le es imposible a la colombiana. Siete años de estadía en Venezuela le han enseñado a Rengifo una mezcla de responsabilidad y protección. Llegó cuando la inflación acumulada no rozaba cuatro dígitos y cuando las colas para comprar comida eran cosas de Cuba y la antigua Unión Soviética. Como todos los corresponsales, gana en moneda extranjera, y aunque la hiperinflación es un mal que no atemoriza, la escasez de productos sí. Sin embargo, se adaptó, en la cotidianidad y el periodismo. Sabe tantear la zona y sus fuentes, cuándo acercarse con cámara y cuándo no, trabajar en caliente cuando la calle lo demanda, ponerse una máscara antigases y un chaleco antibalas. Pero si le toca preguntar sobre la ingesta de sus entrevistados, en mercados o pipotes de basura, pide permiso. Siente que es lo mínimo que puede hacer. “Algunas personas se sienten intimidadas. Otras sienten pudor, vergüenza, pero al final el hambre va más allá de cualquier situación”, asegura la corresponsal.
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Crisis con “c” mayúscula

Hasta en el gimnasio, Anatoly Kurmanaev escucha el tema. Cuando el reportero ruso se separa momentáneamente de sus pautas para The Wall Street Journal y drena a punta de ejercicios, escucha a hombres fornidos y musculosos, que podrían estar hablando de mujeres y carros, debatiendo sobre el precio del kilo de pollo. “Son unas conversaciones tan primitivas y banales. Se degradó todo en la vida venezolano, hasta la conversación. Es la vida reducida a la comida, cómo conseguirla, cuándo y a qué precio. Todo es muy poco imaginativo”, cuestiona.

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Como Rengifo, Kurmanaev también ha presenciado a menores de edad llenar sus estómagos con desperdicios. Ya suma cuatro años en Venezuela escribiendo sobre la escasez, la falta de democracia, la represión y el mal manejo de la economía, aunque cada vez “mucho peor, mucho más degradado y más deprimido”. No está exento de los males criollos. Confiesa que también le afecta, personalmente y de forma extensiva con sus amistades. “Pero alguien tiene que seguir aquí. Es difícil la decisión. Hay que ver cómo va a cambiar esto en los próximos dos, tres meses. Es un conflicto interno con Venezuela y con tu salud mental, básicamente“, esclarece. La tristeza lo embarga pues se asombra al pensar que un país con una de las reservas petroleras más grandes del mundo viva en semejantes condiciones de pobreza. Confiesa que sus editores y hasta la audiencia lo esperan de alguna nación africana, no al norte del sur del continente americano.

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Para Ludmila Vinogradoff está claro: las políticas estatistas que se implantaron durante el gobierno de Hugo Chávez son el porqué de la hambruna colectiva, con raíz en el indulto del expresidente Rafael Caldera al entonces militar golpista. “Fue lo peor que le pudo pasar a Venezuela. Es el origen de lo que vivimos hoy en día. Todo lo que proclamaba Chávez se está cumpliendo ahora”, afirma la periodista venezolana, con más de 25 años explicando el declive del país para un público hispano. Su firma se ha leído en medios como la revista Semana de Colombia y el diario el Clarín de Argentina. Actualmente, escribe en los diarios ABC y El País de España.

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Reconoce que “Venezuela es un país con las manos atadas”, sin posibilidades de resurgir hasta un cambio de políticas económicas. Vivió el declive de la república; el inicio, desarrollo y cierre del mandato de Chávez; y ahora, la escalada de violencia contra los Derechos Humanos con Maduro a la cabeza. Hoy cuenta para los hispanoparlantes un padecimiento que solo puede comparar con poblaciones como Calcuta y Bangladesh, con altos niveles de miseria. Vivió la inestabilidad de las intentonas de golpes de Estado de Chávez, su llegada al poder, la expropiación de empresas privadas, las limitaciones cada vez más asfixiantes para el mercado, hasta la desaparición de productos de la cesta básica y su rápido encarecimiento.

¿De cuántas más maneras se puede decir que no hay comida? Es la interrogante de Kurmanaev. Se las ingenia para mostrar en la prensa estadounidense problemas que son ya cotidianos para los venezolanos, pero extraordinarios para la mayoría de los países restantes. “Entonces viene la búsqueda de quién puede escribir el artículo más doloroso, de contar cosas más y más tristes para mantener la atención del público en el exterior, pero sin dejar a un lado las investigaciones”.

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Ante todo, salud

A Alexandra Ulmer la sociedad se le coló entre la economía y el petróleo, sus fuentes predilectas. Es importante para ella contar el drama del venezolano y sus razones. Se le hizo inevitable relatar, por ejemplo, la odisea de jóvenes mujeres venezolanas que deciden esterilizarse por no poder mantener a su descendencia y no conseguir anticonceptivos para prevenir un embarazo. Fue un reto personal intentar explicar el fenómeno, que se presentaba en mujeres de poca edad y con buena salud, a una audiencia primermundista y occidentalizada. Allí radicó el impacto internacional. “Refleja el extremo al cual hemos llegado. La crisis empuja a la gente a tomar decisiones muy difíciles de las que podrían arrepentirse después, o de las que tienen la presión de hacerlo ya. Pero a la vez muestra a mujeres que toman decisiones de forma empoderada”, reflexiona la periodista de la agencia Reuters, de nacionalidad suiza.

La carencia de insumos no rozaba 50% cuando pisó tierra venezolana en 2013, y aún no se hablaba de “emergencia humanitaria”, como lo avizoró la Asociación Venezolana de Clínicas y Hospitales (AVCH) a mediados de 2014. En apenas cuatro años, Ulmer ha visto decaer el sistema de salud del país y la falta de políticas apropiadas para controlar enfermedades. La precariedad médica y la lucha humana por la supervivencia abrió sus horizontes a tópicos más humanos. “Es muy impactante ver cómo hay médicos valientes que, a pesar de la falta de medicinas e infraestructuras, luchan todos los días por cosas tan sencillas como antibióticos o traen sus insumos de afuera”, reconoce. Las comparaciones con Chile y Argentina, países en los que trabajó previamente, se le quedan cortas. Encuentra pocas similitudes a escala mundial, incluso.

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Vivió el resurgir de la malaria y la difteria casi en carne propia cuando se trasladó a Bolívar para investigar al respecto. Es la entidad cuna de ambos padecimientos desde hace unos pocos años. La primera ha avanzado tanto que, en dos de sus municipios (Sifontes y El Callao), estadísticamente, todos sus habitantes están condenados a padecer la enfermedad. La segunda tenía 24 años de erradicada en el país, reapareció en 2016 y ahora se encuentra en 17 entidades federales.

 

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Son problemáticas que el Ministerio de Salud desconoce. Incluso el gobierno de Nicolás Maduro y la Asamblea Nacional Constituyente. Ningún ente asume la existencia de una crisis humanitaria en el país. Sin embargo, el tema está en la palestra pública internacional. Una periodista que funge de fixer –acompaña a enviados especiales y equipos durante estancias cortas en el país- cuenta desde el anonimato que los centros de salud son el mayor atractivo de sus colegas extranjeros cuando vienen a Venezuela. “Es como si siguieran con el morbo. Ya estoy cansada de ir a hospitales”, suelta, y agrega temas que parecen no vencer, como la escasez y la inflación.

Su trabajo radica en que los reporteros de afuera -los que logran pasar de Inmigración sin ser expulsados- puedan desenvolverse en un país donde la prensa es prácticamente criminalizada. Es la que se enfrenta con la Guardia Nacional y la que traduce en simultáneo para quienes no hablen español. También la que lidia con el hermetismo de las fuentes oficiales y con las reservas de los venezolanos de a pie. La baquiana para aquellos que no pueden adaptarse y no tienen tiempo que perder.

Estar años radicada en el país le ha dado la facilidad a Ulmer, como al resto de los corresponsales, de llegar a historias que posicionen a Venezuela en las primeras planas de la prensa y los noticieros televisivos. “Creo que mis amigas nunca me leyeron en Chile, y acá todo el mundo me lee”, ríe la periodista suiza. Explica que durante los cuatro meses de protestas en 2017, Venezuela abrió los destacados de Reuters. “Es un tema que encanta y entristece a la gente. Y nuestros editores se fascinan con el país”, confiesa, sin pronósticos de irse del país. La inestabilidad es lomito fuera y putrefacción dentro. Vinogradoff se queja de tener 18 años que no publica una noticia positiva de su país: “Todos los días es un problema. Pero yo no soy la autora de las matanzas, ni de las políticas y acciones que producen las noticias negativas sobre el régimen. Pobre es el venezolano que las padece”. Está cansada, y lo reconoce.

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