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DIETARIO Entrega del 16 de junio de 2019

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Marilda Vera / Colección “Retratos de cineastas venezolanos” / © Óscar Lucien

 

El Nacional – Papel Literario

Portraits of Power es un admirable portafolio del fotógrafo londinense Platon sobre un centenar de líderes mundiales realizado en la antesala de la celebración de la Asamblea General de la ONU en 2009. Entre las múltiples anécdotas que comenta Platon del trajín que significó colocar frente a su cámara a personajes tan diversos como los compinches Ahmadinejad, Chávez, Gadaffi, Putin o al otro díscolo de la acera ideológica de enfrente, Berlusconi, destaca la sorpresiva pero firme petición del Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu: “Make me look good”, que libérrimamente he traducido al criollo “¡Que salga bonito!”.

La solicitud de Netanyahu abona un elemento definitorio para discutir sobre el retrato en términos de un acuerdo, de un trato, de un intercambio consensual entre fotógrafo y personaje retratado. Esa petición me permite subrayar algo tan esencial no siempre percibido o apreciado: una fotografía no es un registro mecánico técnicamente impecable de la realidad, equivalente a la performance de un termómetro. Una fotografía no es “un espejo de la realidad”, aunque la expresión “espejo con memoria” puede ser muy seductora. Una fotografía es una construcción intelectual de esa realidad.

En el retrato los aspectos técnicos tienen un papel significativo pero lo determinante sigue siendo la mirada, la forma personal como vemos o construimos la realidad fotografiada. La petición de Netanyahu es también reveladora en ese sentido. Él sabe, o intuye, que la imagen que producirá Platon no será una copia mecánica de su figura, sino que veremos en la foto el resultado de la visión particular de ese fotógrafo. Por eso, al aceptar “posar” ante la cámara, trata de establecer un acuerdo, un trato, con Platon: “Make me look good”.

Este re-trato de la cineasta Marilda Vera pertenece a la colección Retratos de cineastas venezolanos.

Óscar Lucien

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I

Es un país que se va por el caño; pero todos los días, casi a la misma hora, escucho el sonido de las guacamayas, veo su vuelo azul y amarillo. Indiferente. Abajo en la tierra, los venezolanos siguen y siguen hurgando en la basura, persiguiendo el camión que la recoge, viviendo sumergidos en el dolor y la ira.

II

Cuando el gran apagón de Nueva York en los años 60, nacieron los babyboomers: el boom de los bebés. Con los grandes apagones en Venezuela no nació nada. Solo se elevó el nivel de rabia en nuestros cuerpos. ¿Puede la rabia ser líquida? ¿Puede circular por nuestro cuerpo desde la punta del pie hasta el último de nuestros cabellos?

III

Hace tiempo me quiero ir del país. Hace tiempo que me quiero morir.

Morirme es irme del país.

Barbara Piano

***

CARACAS HA MUERTO

Caracas pierde su hemodinamia. Se desconfigura su furia. Se achatan sus signos vitales. Se le van las vitaminas. Se extinguieron sus defensas. Sus calles se vacían. Se hace más notorio su entorno animal y vegetal. La secuestró el silencio. Ya no es tan caótica. Caracas ya no habla. Ha entrado en coma.

Una amarga placidez, con sabor a paradoja, domina en estos momentos, el ánimo de las calles y avenidas de Caracas. Muchos días laborales parecen sábados. Muchos negocios han cerrado sus puertas. Bandadas de loros felices surcan su cielo en tardes, como irónico contrapunto. Como única novedad. El tráfico de las seis de la tarde ha quedado licuado. Es infrecuente escuchar música. Los domingos nacen muertos. La gente no se divierte. La noche es un enigma que pocos quieren descifrar.

Caracas es pasado. Nos recuerda momentos. En sus urbanizaciones, en sus zonas residenciales, en sus panaderías, plazas, clubes, parques y bulevares se escucha, sobre todo, el eco de los que ya no están con nosotros. De los que se fueron del país y de los que se fueron de este mundo. Esta ciudad se volvió una postal.

Caracas ha muerto. De noche, sus habitantes la siguen velando.

Alonso Moleiro

***

ORCA

Mamá me roba la plata el sueño los gatos me roba los novios mamá se queda con todo y tose mamá nunca se muere mamá quiere zapatos nuevos mamá siempre sospecha mamá jode más que un carro viejo mamá nació para embrujar la casa mamá fue bella y coge candela y no tiene futuro mamá se mueve como una medusa químicamente pura y sin arco narrativo pura estela mamá acosa a los pájaros ignora los planos celestes y asedia mamá escarba puja muge flota en el reverso y mata el arcoíris por la cabeza mamá come culebras y afianza un imperio mullido mamá teme a la justicia y de noche dice que el Miguel Arcángel le pasa mano mamá aguanta la lluvia nuclear y decide quién puede dormir.

La gente es interesante, claro.

Pero los niños abandonados son todos caníbales.

Enza García Arreaza

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Anoche la oscuridad era absoluta. No sonaba ni el aire acondicionado ni el llamado ruido blanco que nos ayuda a dormir, ninguna energía eléctrica los sostenía. Éramos nosotros y la oscuridad. Y el corazón retumbaba como pocas veces o, más bien, yo podía escucharlo como pocas veces en medio del silencio y lo oscuro.

Es la soledad cuando casi todos se han ido. Es el silencio cuando los conductores no se atreven a salir a las calles sin semáforos, con la inseguridad multiplicada cuando se va la luz por tantas horas. Son los propios latidos, cuando todo se concentra en uno como cuerpo incierto, sin saber qué va a pasar, qué está pasando ya en medio de la ciudad tenebrosa, qué nos espera saber mañana cuando llegue la luz del día.

Las emisoras están calladas. Las otras, las del gobierno, hablan en demasía: tienen sabotajes que denunciar, que inventar para cubrir la desidia y el robo de los recursos de todos. Sin mantenimiento no hay luz. Pero ahora, aquí, sin luz no hay mantenimiento de la normalidad de la propia vida. Hay partes noticiosos, siempre informales, que a través de las redes definen la noche pasada como espacio de un gran dolor y de crímenes aun por revelar. El Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, es lo que más se parece a estos días. La oscuridad total, la incertidumbre en cada paso, la desmesura de la política y la miseria de la tecnología, el avasallamiento de unos, el silencio complaciente o miedoso de otros, y también un país prometido cocinándose en las calles y en nuestra esperanza renovada de que, a pesar de todo, “vamos bien”. ¿Será, finalmente?

Por de pronto, los bucares alrededor de mi casa siguen floreciendo; ajenos, gracias a Dios, a tanta sombra.

María Elena Ramos

(10-03-2019, escrito al día siguiente del inicio del gran apagón)

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SIN PENE NI GLORIA

Siempre la buscó. No desistía del deseo de encontrarla alguna vez y pasarse con ella el resto de su vida. Desde la adolescencia buscaba obsesivamente a una chica que se llamara Gloria. Hasta que un día ella apareció. Claro, me llamo así, le dijo. Atracción instantánea. Más adelante, se juntaron a charlar algunas veces en cafés y bares oscuros, sin que ocurriera nada más. Ocuparon bancos de plazas en largas deliberaciones. Pura conversación. Ya en tiempos de confianza plena, él le sugirió habitar otros espacios más íntimos. Ella se negaba. Incluso, una tarde, le manifestó no estar segura de continuar con aquellos encuentros; no quería escarceos más cercanos, porque su intuición la estaba conduciendo a lugares a los que no aspiraba a regresar desde la última vez que había conocido a alguien. Es que mis parejas padecen mucho en el momento de la intimidad; por eso todavía soy virgen, le dijo. Manifestó que cargaba con el peso de ese complejo desde su adolescencia. Una culpa que le impedía pasar del coloquio grato a las manos. No obstante, él la convenció para ir de tragos y pasar juntos una sola noche. Con eso le bastaría para satisfacer aquella esperanza que siempre había atesorado. De resto, estaba dispuesto a resignarse, a hacerla perenne en el recuerdo, guardar en su memoria la placentera estada de un solo y único ayuntamiento. “Será para mí como haber vivido en la gloria”, bromeó con una sonrisa y jugando con el nombre de ella. Así fue. Pactaron para verse en la cama una única vez. Por la mañana, despertó cuando ya ella se había marchado. Se sentía fuertemente adolorido de la cintura hacia abajo. Su machumbre exagerada le hizo pensar que aquellas manchas rojas eran la evidencia de la virginidad declarada por su compañera. Buscó palparse en la parte del cuerpo donde el dolor se hacía más persistente e intenso. Arrimó la mano derecha hacia la juntura delantera de sus piernas y encontró sentido a la solemnidad verbal de la chica aquella tarde del pacto: una sola vez y me marcho antes de que despiertes, ¿vale? Palpó la evidencia y se desmayó al darse cuenta de que su hombría, casi a punto de desprenderse, colgaba apenas de un hilo de piel. “Creo que estoy mejorando de mi mal; he sido más compasiva esta vez –decía la nota que los enfermeros encontraron sobre la almohada derecha–, no lo corté totalmente ni lo puse en mi bolso como hice las veces anteriores”.

Luis Barrera Linares

***

APOSTAR A LA FELICIDAD

A Francisco “Pancho” Massiani

Despertarse un día y comprender

que afeitarse no es estrictamente necesario

Que el trino matinal del pájaro es realmente un milagro

una manifestación unívoca del río subterráneo

Despertarse un día y frente al lavabo sonreír al espejo

ver el reflejo y entender visceralmente

que Rimbaud estaba en lo cierto:

 Yo es otro

Todas esas minucias que constituyen aquello

que llamaron mis padres “fulano de tal”

no son más que una falacia

Despertarse un día y agradecer

la feliz entrega del cuerpo amado

la certidumbre de su sexo y su dulce vaho

Despertarse un día y saberse vivo

Profundamente vivo

a pesar de los absurdos rituales cotidianos

comprender que somos briznas

y que la única apuesta ganada desde el principio

es cuando se echan los dados en pos de la felicidad.

Florencio Quintero

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