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Confesiones de invierno

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Me he dado cuenta de que me sale más a cuenta permanecer absolutamente improductiva que producir algo absolutamente impagable.

Es Navidad y, como cada año desde que me hice freelance, me cuesta andar por la calle y no quedarme mirando las lonchas de jamón ibérico de los anuncios. No sé si esto tiene algo que ver con la situación del periodismo global, pero hace tres días que no me baño. No tengo tiempo.

Debo entregar una columna. Hijos: dos. Y agua caliente: poca. En invierno se acaba rapidísimo. La chimenea devora pellets como un monstruo insaciable. Cada dos por tres hay que ir al Leroy por más pellets y al Western Union a mandar plata a Perú. Lo que quiero decir es que trabajo con poncho en Europa, como Chavela Vargas, soy una montaña de jerseys y mantas de las que brotan mis pequeños dedos tecleadores, por eso todo lo que sale de mi pluma empieza a ser cavernoso. Me gustaría escribir pero no tengo tiempo porque debo escribir. Si no fuera periodista, eso sí, seguro, no tendría estos pelos de momia inca. Paso demasiado tiempo con la cabeza apoyada en algo, en una idea, en un párrafo, en un cojín, en algo que no cierra y que enmaraña. No me peino. No tengo tiempo.

Ayer fui al Ali (alimentación) a comprar pan en pantuflas y le debo 50 céntimos. Gracias al invierno me vale con ponerme el abrigo encima del pijama y mandar mails de trabajo mientras camino. Salgo tan terriblemente desarreglada a buscar a mi hija al cole que me veo en el cristal del vagón y pienso en el tema literario del doble. Mi hija espera estar un poco lejos de la puerta del cole para darme un beso. Me paso todo el camino en metro desenredando la bola de pelo de mi cabeza como si estuviera en la ducha y soltando hilachas de cabello roto por el suelo. Igual es una experiencia demasiado personal que no tiene nada que ver con el oficio, la profesión, los sueldos precarios, pero a esta hora de la temprana tarde, cuando aún fermentan las lentejas en mi estómago, una mujer latina como yo me mira desde su duermevela y no sé si va o vuelve del curro, porque seguro ponemos la misma cara de cansadas de ida como de vuelta. Hacemos click cuando ambas miramos que he dejado una alfombra de pelos a mis pies. Es la señal. Camino sobre ellos hasta la puerta del tren y salgo de allí, con otra pelusa gorda que no puedo desprender de mi mano y así me paso varios minutos sacudiendo los dedos en el aire sin poder echarla de mí, como si mis deshechos quisieran seguirme hasta el fin del mundo.

El otro día una amiga periodista freelance me decía: una trabaja y trabaja, y no le pagan. Lo que es peor, me dije, yo ni trabajo y no me pagan. Me gustaría trabajar pero no tengo tiempo. Me gustaría cobrar pero tampoco tengo tiempo. Debo entregar una columna. O sea, me toma más tiempo hacer una factura o preguntar varias veces cuándo me van a pagar que gastarme la plata que no me pagan por un artículo. Todo se queda en mi mente. La columna, la factura, la pasta.

Me he dado cuenta de que me sale más a cuenta permanecer absolutamente improductiva que producir algo absolutamente impagable. No sé si esto tiene algo que ver con la crisis del papel o la posverdad, pero estoy comiendo más arroz y pasta que nunca en mi vida. No quiero sonar miserabilista ni populista. Un escritor miserabilista es, según Ricargo Guyón, alguien que “decreta la nulidad de la esperanza y aunque sus palabras son sinceras suenan falsas pues el hombre es algo más que basura”. Joder, pues, o yo soy algo más que basura o el Ayuntamiento de Madrid se ha recortado a sí mismo 530 millones de euros porque tú lo digas, Montoro. Pero no voy a seguir quejándome. No tengo tiempo. Debo escribir una columna.

Hace poco estuve en un sitio donde todo el mundo tenía un móvil nuevo menos yo, así que, cuando alguien lo notaba, yo explicaba que el mío de pantalla reventada era el futuro, que algún día, después de perderlo mil veces, de que se los roben otras tantas y gastar mucho dinero en otros nuevos, caerían en cuenta de que el mejor modelo de móvil, el más avanzado, el de ultimísima generación, es este. ¿Podría funcionar el móvil miserabilista como identidad política y otro modo de hacer o es en realidad una treta más?

Es Navidad y, como cada año desde que me hice freelance, me cuesta caminar por la calle y no abrir las cajas vacías de las Smart TV de la basura pensando que se han olvidado la tele dentro. Claro que así no es toda mi vida, no siempre estoy superada, no siempre no tengo sindicato, ni tiempo, no siempre mi agente literaria me dice que no hay un euro para mí en estas navidades. Como canta un rockero argentino: “Solamente muero los domingos y los lunes ya me siento bien”. Una vez al día reviso mis privilegios, que tengo por millones. Por ejemplo, escribir esta columna en un diario como El Salto, aunque estoy tardando tanto que ya me está saliendo cara, carísima.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com

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